Hay autores que escriben para entretener y otros que escriben para incomodar. Guillermo Villena pertenece claramente al segundo grupo. Su novela Laboratorio de recuerdos no busca la evasión ni el espectáculo: propone una pregunta peligrosa y la sostiene hasta el final sin ofrecer refugio.
La historia arranca desde un lugar profundamente humano: la pérdida. Juan, ingeniero español afincado en Valencia, ve cómo su vida se quiebra y acepta un trabajo en un centro de investigación en Finlandia como huida y como promesa de reconstrucción. Ese desplazamiento físico no es casual. Villena utiliza el frío, la distancia y el entorno hipertecnológico como reflejo de un estado emocional: cuando el dolor no se puede reparar, se intenta racionalizar.
Lo que Juan encuentra no es solo una oportunidad laboral, sino una frontera moral. El proyecto en el que participa explora la intervención directa en la mente humana mediante inteligencia artificial. No es ciencia ficción futurista, es un mañana demasiado cercano. Villena acierta al no convertir la tecnología en un monstruo caricaturesco: el verdadero conflicto no está en la máquina, sino en el uso que hacen de ella gobiernos, agencias, farmacéuticas y grandes corporaciones. La conciencia aparece como el nuevo territorio en disputa.
Uno de los mayores logros de Laboratorio de recuerdos es su tono. La narración es contenida, precisa, sin excesos emocionales ni discursos grandilocuentes. Villena confía en el lector. Le entrega los hechos, las decisiones y las consecuencias, y se retira. Esa sobriedad multiplica el impacto: cuanto más se contiene el texto, más se expande la pregunta que deja en quien lee.
La novela se mueve con soltura entre lo íntimo y lo político, entre el duelo personal y las estructuras de poder. Lo hace sin moralizar, sin señalar culpables evidentes. Aquí no hay buenos ni malos absolutos, solo personas tomando decisiones en contextos cada vez más deshumanizados. Y ahí está el verdadero nervio del libro: ¿qué parte de nosotros sigue siendo libre cuando incluso nuestros recuerdos pueden ser intervenidos?
Villena no ofrece respuestas cerradas. Laboratorio de recuerdos termina, pero no se apaga. Sigue operando en la cabeza del lector, obligándolo a enfrentarse a preguntas incómodas sobre identidad, dolor, memoria y control. En un tiempo en el que la tecnología avanza más rápido que la reflexión ética, esta novela no tranquiliza: alerta. Y eso, hoy, es literatura necesaria.

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